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SAN JUAN EL CLÍMACO

 

 

"En ti fue guardada la imagen de Dios fielmente, 

oh Justa María, 

  pues tomando la cruz seguiste a Cristo 

y, practicando, enseñaste a despreocuparse de la carne,

pues ésta es efímera

y a cuidar, en cambio, el alma inmortal.

Por eso hoy tu espíritu se alegra junto con los ángeles"

 

 

 

 

Apenas tenía doce años cuando huyó a Alejandría, donde vivió en prostitución y pecado durante 17 años. Fue entonces, en plena madurez, cuando vino a su mente viajar a Jerusalén, para asistir, con otros visitantes a la fiesta de la Elevación de la Santa Cruz; ciertamente no por motivos religiosos sino por mera curiosidad. Ya ahí, participó en toda forma de corrupción arrastrando a muchos a los abismos del pecado.

 En el día de la festividad quiso entrar a la Iglesia pero en las tres o cuatro veces que lo intentó, una fuerza invisible se lo impedía, en tanto toda la gente entraba sin ningún obstáculo. Ella sintió entonces, dolor y tristeza en su corazón y, atrayendo la compasión de Dios por el arrepentimiento, logró cambiar el curso de su vida. Así, tomando esta decisión, entró a la iglesia fácilmente y se postró ante el honorable madero de la Cruz.

 Poco después, el mismo día, se dirigió a Jerusalén y atravesando el río Jordán se adentró en las profundidades del desierto. Aquí pasó aproximadamente 47 años, en una vida dura e insoportable. Oraba, en soledad absoluta al Único Dios.

Hacia el final de su vida se encontró, en el desierto, con un asceta sacerdote, Zocimo de nombre, a quien le confesó toda su historia, desde el principio hasta ese momento, pidiéndole que le trajera los santos dones para comulgar. El día de su comunión fue el Gran Jueves Santo. Un Año mas tarde al volver nuevamente Zocimo, la encontró tendida en el suelo, muerta, y cerca de ella estas palabras grabadas en la arena:

“Padre Zocimo, entierra el cuerpo de María miserable aquí. Morí el mismo día en que comulgué los dones místicos. Ora por mí.”

Su muerte se ubica hacia finales del cuarto siglo.

La Iglesia recuerda, en el quinto domingo de la Gran Cuaresma, a la Santa, precisamente cuando se acerca el fin de la Cuaresma, para alentar a los pecadores y negligentes al arrepentimiento, para que sea la Santa festejada un ejemplo a seguir.