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 18 de mayo de 2003

 

3° DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

DEL PARALÍTICO

 




 

 

 

“El Señor misericordioso, Amante de la humanidad, se detuvo en la piscina de Betesda para curar las enfermedades y encontró a un hombre paralítico desde muchos años atrás, y le dijo: “levántate, carga tu camilla, y anda por caminos rectos.

(Exapostolarion)

TROPARIOS

Tropario de la Resurrección (Tono 3)

Que se alegren los celestiales y que se regocijen los terrenales; Porque el Señor desplegó la fuerza de su brazo, pisoteando la muerte con su muerte; y, siendo el primogénito de los murtos, nos salvó de las entrañas del Hades y concedió al mundo la gran misericordia.

Kondakion de la Resurrección (Tono 8)

      Aunque descendiste al Sepulcro, oh inmortal, destruiste el poder del hades y resucitaste como vencedor, ¡oh Cristo Dios! dijiste a las mujeres Mirróforas: "¡Regocíjense!" y a tus discípulos otorgaste la paz, ¡tú que  concedes  la resurrección a los caídos!

LECTURA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES

(9,32-42)

En aquellos días, Pedro, que andaba recorriendo todos los lugares, bajó también a visitar a los santos   que habitaban en  Lida.  Encontró  allí  a  un  hombre  llamado Eneas, tendido en una camilla desde  hacía ocho años, pues estaba paralítico. Pedro le dijo: “Eneas, Jesucristo  te cura; levántate y arregla tu lecho”.  Y al instante se levantó.  Todos  los habitantes de Lida y Sarón le vieron, y se convirtieron al Señor.

Había en Joppe una discípula llamada Tabitá, que quiere decir Dorcás.  Era rica en buenas obras y en limosnas que hacía. Por aquellos días enfermó y murió.  La lavaron y la pusieron en la estancia superior.  Lida está cerca de Joppe, y los discípulos, al enterarse que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres con este ruego: “No tardes en  venir a nosotros”.

Pedro partió inmediatamente con ellos. Así que llegó le hicieron subir a la estancia superior y se le presentaron todas las viudas llorando y mostrando las túnicas y los mantos que Dorcás hacía mientras estuvo con ellas. Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró; después se volvió al cadáver y dijo: "Tabitá, levántate." Ella abrió sus ojos y al ver a Pedro se incorporó. Pedro le dio la mano y la levantó. Llamó a los santos y a las viudas y se la presentó viva. Esto se supo por todo  Joppe  y  muchos  creyeron en el Señor.

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN

(5,1-15)

En aquel tiempo: Jesús subió a Jerusalén.  Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos.  En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua.  Porque el Ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, quedaba curado de cualquier mal que tuviera.  Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.  Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: “¿Quieres curarte?”  El enfermo le respondió: “Señor. No tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo.”  Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda.”  Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día.  Por eso los judíos decían al que había sido curado: “Es sábado y no te está permitido llevar la camilla.”  Él les respondió: “El que me ha curado me ha dicho: Toma tu camilla y anda.”  Ellos le preguntaron: “¿Quién es el hombre que te ha dicho: Tómala y anda?”  Pero el curado no sabia quién era, pues, Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar.  Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: “Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor.”  El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.

"NO PEQUES MÁS"

¡Cuánta paciencia y mansedumbre lleva la respuesta de este paralítico! Pues a él, fatigado de 38 años de parálisis, todavía se le preguntó: “¿quieres curarte?”, ¡cómo no se quejó ante tal pregunta; ni manifestó rencor hacia quienes por tantos años no se detuvieron en ganarle la curación; ni blasfemó contra la misericordia de Dios!

Si la debilidad de este paralítico  fue como un castigo de Dios, o mejor dicho una corrección,  Duramente me castigó El Señor, pero no me entregó a la muerte” (Sal.118,18), su curación le fue dada por sus virtudes obtenidas por el sufrimiento. Así que, mientras Cristo suele preguntar a los enfermos o a los suyos que si tienen fe, aquí ejecuta la curación, sin examinar su fe porque su paciencia y perseverancia han sido el mejor índice de su fe y de su entrega a Dios.

“Mira, estás curado; no peques más, para que no te sucede algo peor”, le dijo Jesús al paralítico. No sabemos por cual pecado o pecados había sido castigado, pero lo que sabemos es que el castigo de Dios no surge de alguna justicia sino brota de su amor “A quien ama, el Señor le corrige” (Heb.12,6); si Dios castiga al hombre con alguna pena, lo hace por su bien y por su salvación. El paralítico de hoy lo entendió muy bien y lo tradujo en paciencia, mansedumbre y, quizás, arrepentimiento.

Las Palabras del Señor nos exhortan a que, en los apuros, veamos la corrección amorosa de Dios, y que, cuando su bondad descienda sobre nosotros y seamos curados, mantengamos guardada la advertencia: “no peques más, para que no te sucede algo peor.”

LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES

En esta temporada pascual, la Iglesia nos lee y nos exhorta a leer el Libro Hechos de los Apóstoles (que sigue a los cuatro evangelios en el Nuevo testamento) y que describe la predicación de la Iglesia Primitiva sobre el Resucitado de entre los muertos y la acción del Espíritu Santo en los fieles.

Fue escrito por San Lucas, el escritor del tercer Evangelio. Eso lo sabemos por la persona, llamada Teófilo, a quien ambos libros dirigieron su palabra. Mientras el primer tomo (Evangelio según San Lucas) fue dedicado a “todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el Día de su Ascenso” (Hech.1, 1-2), el segundo tomo (Los Hechos), a la predicación de la Primera Iglesia en el mundo de aquel entonces.

 La construcción de Los hechos se basa en el aviso del Señor antes de su ascenso a los cielos: “recibirán poder, cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y de este modo serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.” (Hech.1,8), así, el Libro comienza en Jerusalén y acaba en Roma (las confines de la tierra).

El Espíritu Santo llena a los apóstoles de fuerza, de bien decir y valor; ellos predican con alegría y confianza, y hacen milagros en el Nombre del Señor; día con día, miles de gente se convertían al “camino”, se bautizaban y “se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech.2,42). Este es el dinámico clima que prevalecía en la Iglesia Primitiva descrita por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles.

San Lucas, como discípulo y acompañante de San Pablo en sus giras evangelizadoras, dedicó la mayor parte de su libro a la predicación de su Maestro entre los gentiles, a los obstáculos que enfrentaban y cómo los resolvían con la Gracia del Señor y la inspiración del Espíritu Santo.

San Pablo se convierte a las puertas de Damasco (capítulo 9), y sale desde Antioquia a predicar en toda Asia Menor, Grecia, hacia Roma instituyendo iglesias en cada ciudad, y enfrentando a Judíos y a cristianos de origen Judío que se oponían a la predicación entre los gentiles, sin tener miedo de enfrentar ni a las autoridades romanas, ni a los obstáculos culturales.

San Lucas escribe Los Hechos de los Apóstoles no como un historiador que expone, sencillamente, la vida y la actividad de la Iglesia primitiva, sino como teólogo que atribuye esta vida y actividad a la dirección del Espíritu Santo; en esencia, podemos decir que se trata de “los Hechos de la Iglesia” o mejor dicho  “los hechos del Espíritu Santo”.