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6 de abril 2003

 

4° DOMINGO DE LA GRAN CUARESMA

DE SAN JUAN  CLÍMACO

 

 

 ¡Oh justo Juan de eterna conmemoración, te alejaste del indeseable gozo mundano y mortificaste al cuerpo con el ayuno, renovando la fuerza del alma y enriqueciéndola con la gloria celestial. Intercede sin cesar por nosotros!

Exapostelarion

 


TROPARIOS

Tropario de la Resurrección (Tono 8)

Descendiste de las alturas, oh Piadoso, y aceptaste el entierro de tres días para librarnos de los sufrimientos. Vida y Resurrección nuestra, oh Señor, gloria a ti.

Tropario de San Juan Clímaco (Tono 8)

Con la efusión de tus lágrimas, regaste el de­sierto estéril; y por los profundos suspiros, tus fatigas dieron frutos cien veces más, volviéndote un astro del universo, brillante con los milagros. ¡Oh nuestro justo padre Juan, suplícale a Cristo Dios que salve nuestras almas!

Kondakion de la Gran Cuaresma (Tono 8)

A ti, María, te cantamos como victoriosa; tu pueblo ofrece alabanzas de agradecimiento, pues de los apuros, Theotokos, nos has salvado. Tú, que tienes invencible y excelsa fuerza, de los múltiples peligros libéranos. Para que exclamemos a ti: ¡alégrate oh Novia, sin novio!

EPÍSTOLA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS HEBREOS

(6,13-20)

Hermanos: Cuando Dios hizo la Promesa a Abraham, no teniendo a otro mayor por quien jurar, juró por sí mismo diciendo: "¡Sí!, te colmaré de bendiciones y te acrecentaré en gran manera." Y perseverando de esta manera, alcanzó la Promesa. Pues los hombres juran por uno superior y entre ellos el juramento es la  garantía que pone fin a todo litigio. Por eso Dios, queriendo mostrar más plenamente a los herederos  de  la  Promesa la inmutabilidad de su decisión, interpuso el juramento, para que, mediante dos cosas inmutables por las cuales es imposible  que Dios mienta, nos veamos más poderosamente animados los que buscamos un refugio asiéndonos a la esperanza propuesta, que  nosotros  tenemos  como  segura   y  sólida ancla de nuestra alma, y que penetra hasta más allá del velo, adonde entró por nosotros como precursor Jesús, hecho, a semejanza de Melquisedec,   Sumo   Sacerdote  para  siempre.

EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS

(9,17-31)

En aquel tiempo: Uno de entre la gente le respondió: “Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y le deja rígido.  He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.”  Él le responde: “¡Oh generación incrédula!  ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros?  ¡Traédmelo!”  Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos.  Entonces él preguntó a su padre: “¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?”  Le dijo: “Desde niño.  Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.”  Jesús le dijo: “¡Qué es eso de si puedes!  ¡Todo es posible para quien cree!”  Al instante, gritó el padre del muchacho: “¡Creo, ayuda a mi poca fe!”  Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: “Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.”  Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia.  El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto.  Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie.  Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?”  Les dijo: “Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno.”

Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos.  Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.”

EL PORQUÉ DE LA CUARESMA

Durante la Cuaresma, todos nosotros entramos en un proceso de purificación y reflexión espiritual, pero pocas veces nos detenemos a buscar y descubrir la riqueza que este tiempo precioso ha dejado. Todos, anclados a una naturaleza propensa al pecado, indudablemente estamos “endemoniados,” es decir, nuestros cuerpos carnales, están sujetos a las enfermedades espirituales. Lo único que puede llevarnos a la salud y, sobre todo, a la iluminación, es que Jesús, expulse de nosotros todo lo que nos impide ver, hablar y actuar como discípulos del Divino Maestro.

 Estar poseído por un espíritu inmundo (determinada clase de pecado) significa que muchas veces no somos capaces de percibir nuestras faltas, pues nuestros ojos de lo santo y lo divino, están cerrados y vendados por nuestras afecciones del alma. Pero Jesucristo, en su gran amor a la humanidad, permite que podamos vislumbrar (como si viéramos detrás de un velo) cómo estamos en nuestro interior. La conciencia, puesta por Dios como guardián de las obras del hombre, nos avisa que algo no está bien, y es así de esta manera como el combate en contra del enemigo comienza en nuestro interior. Esta lucha del alma por sobrevivir a los embates del maligno, se refleja en nuestra propia vida cotidiana, pues estas afecciones espirituales trastornan lo que éramos (después del bautismo) a lo que somos hasta ahora (después del pecado).

Los pasos a seguir son: fe, esperanza y amor. Fe, para creer que Jesucristo, Hijo de Dios, realmente puede sanarnos. Creer en Él como el Único Médico que extirpa de nosotros el mal. Creer en El cuando nos dice que estamos enfermos.

Esperanza, para dejar en manos de Dios todo aquello que nos supera. Jesucristo, en su infinita misericordia ha dicho “Así sea” pues entonces, que las Palabras del Maestro sean mandamientos para nuestra salvación, y dejar que Él nos guíe hacia el puerto seguro, sin dudar del por que las cosas pasan así y no como nosotros queremos.

Amor para seguir al Maestro hacia donde El nos conduzca, y de ahora en adelante, por amor a Dios, a la Theotokos, a su Hijo, el Salvador, y a la Iglesia, caminar juntos a la Vida Eterna, dando todo sin esperar nada a cambio, mas que lo que Él tenga a bien, en su Providencia, mostrarnos y concedernos para nuestra edificación y salvación. Es así como el endemoniado queda libre de toda aflicción, y agradecido con el Médico, se convierte en testigo de la Acción Divina. Que Dios Nuestro Señor, nos permita la salud espiritual para poder vivir y conmemorar los Divinos Misterios en los Días Santos y recibir de Cristo, Nuestro Salvador, gracias, dones, pero sobre todo, la Resurrección de entre los muertos.

SAN JUAN CLÍMACO

A partir del siglo VI, el célebre monasterio de Santa Catalina, fundado por Justiniano en el monte Sinaí, se convierte en el más importante centro de difusión e irradiación de espiritualidad.

Uno de los hombres más notables entre los grandes doctores sinaítas fue indudablemente Juan, abad del monasterio de Santa Catalina, de cuya vida, a pesar de haber sido uno de los ascetas orientales de mayor renombre, no se tiene mayores datos.  En cuanto a sus primeros años, la carencia de noticias es total, sólo podemos deducir que recibió una sólida formación intelectual.

A los dieciséis años ingresa en el Monasterio de Santa Catalina y se somete a la dirección de un cierto abad Martyrius, quien le conferirá la tonsura monástica a la edad de veinte años.

Tras la muerte de su padre espiritual, Juan, que en aquel entonces tendría alrededor de treinta y cinco años, decide entregarse a la vida solitaria.  Pasado un tiempo se le acercaría su primer discípulo, un monje llamado Moisés, y más tarde, atraídos por la aureola que había comenzado a desarrollarse a su alrededor, acuden los monjes en gran cantidad procurando su consejo.

Finalmente, fue elegido abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí.  Se supone que durante esta época redactó, a petición del abad Juan de Raitu, su Santa Escala, a la que le debe su nombre de “Clímaco”. Llegado a una edad muy avanzada retorna a la vida solitaria hasta su muerte.

San Juan Clímaco nos ha dejado una “Escala” compuesta por treinta escalones, número de la edad de Cristo cuando comenzó su predicación, ya que el objeto de “la Escala”, como dice el mismo Clímaco, es “llegar a la madurez de la plenitud de Cristo.” Son escalones de virtudes que cada cristiano tiene que subir mirando siempre al escalón treinta, donde mora el Amor que es el mismo Cristo quien bendice nuestro ascenso.