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27 de abril de 2003

DOMINGO DE PASCUA

 

 

 

 

“Cuando descansaste en el Cuerpo, durmiendo  como muerto, Tú que eres el Señor y Rey aniquilaste la muerte; y al  tercer  día resucitaste,   levantando a Adán de la corrupción, ¡oh Pascua   de incorrupción y salvación del mundo!

(Exapostolarion)


TROPARIOS

 

Tropario de Pascua (Tono 5)

Cristo resucitó de entre los muertos pisoteando la muerte con su muerte, y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros.

Kondakion de Pascua (Tono 8)

      Aunque descendiste al Sepulcro, oh inmortal, destruiste el poder del hades y resucitaste como vencedor, ¡oh Cristo Dios! dijiste a las mujeres Mirróforas: "¡Regocíjense!" y a tus discípulos otorgaste la paz, ¡tú que  concedes  la resurrección a los caídos!

LECTURA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES

(1,1-8)

El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo.  A esos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios.  Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, “que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.”

Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?”  Él les contestó: “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y en Samaria, y hasta los confines de la tierra.”

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN

(1:1-17)

En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.  Él estaba en el principio con Dios.  Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe.  En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan.  Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él.  No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.  En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció.  Vino a su casa y los suyos no la recibieron.  Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo”.

Y de su plenitud hemos recibido todos, gracia sobre gracia.  Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

LA RESURRECCIÓN Y NUESTRA VIDA

“Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas.” Cuando las mujeres venían hacia el sepulcro para embalsamar al Señor se preguntaban “¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?”  pero el Señor había salido del sepulcro. La Vida no se limita por una piedra; la incorruptibilidad no se controla por lo corrupto.

Pero lo que constituye verdaderos obstáculos ante la Resurrección son los muros construidos por el hombre, muros que Dios no mueve, sino que está esperando que nosotros los movamos por voluntad, porque el amor de Dios supone libertad.

El primer muro es reducir “la Resurrección” a unos ritos, es decir, que celebremos la Resurrección con servicios, cantos... sin que estos ritos desintegren  nada en nosotros. Cuando san Pablo se convirtió (Hechos 9), “cayeron de sus ojos unas como escamas”; la adoración tiene este función: romper los muros construidos por circunstancias, negligencia, olvido o pecados. Sin esta conversión la Vida quedará dormida en mi sepulcro.

El segundo muro es reducir la Resurrección a los hábitos; cambiamos en la vida lo superficial: ropas, comidas, relaciones... y así, probamos de la fiesta sus costumbres. Las costumbres son colores que expresan la novedad de la vida, y la muerte es cuando vaciamos estas expresiones de su esencia. Las costumbres tienen que reflejar la luz de la nueva vida en la vida cotidiana. Tal reflejo se manifiesta en la comunidad con visitas familiares o relaciones cariñosas; se manifiesta en nuestras ropas, como blancura y novedad del bautismo, así que cada costumbre es bendita siempre y cuando forme una expresión de la Resurrección como Vida nueva.

El tercer muro es reducir la fiesta a una historia, es decir, que festejamos la Resurrección como el recuerdo de un hecho que tuvo lugar hace, casi, 2000 años, como si estuviéramos recordando un héroe o una revolución; la Resurrección forma parte de nuestra vida no más que un recuerdo.

En el tropario de la Fiesta cantamos “Cristo resucitó de entre los muertos ... otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros”, el verbo “otorgando” en el Griego original, se refiere no a un momento en el pasado, sino a una continua  acción hasta el presente “he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” dijo Jesús a sus discípulos después de la Resurrección.

“¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?” somos nosotros  quienes tenemos que retirar los muros del enfriamiento en la adoración, para obtener de ella la vida, en lugar de enterrar la vida en costumbres; nosotros somos quienes destruimos la superficialidad de las fiestas; y somos quienes destruimos el muro del tiempo para hacer de lo que sucedió en el pasado, un hecho de cada momento, y un criterio de nuestra vida.

Cristo resucitó, y la vida salió del sepulcro.

Cristo resucitó, y nosotros nos hemos revivido. Amén.

COSTUMBRES ECLISIÁSTICAS

El rito de bendecir los huevos es de los costumbres muy cercanas al corazón del pueblo ortodoxo; quizás, la salida del pollito del huevo es una imagen que simboliza la salida esplendorosa de la Vida, desde las obscuras profundidades del sepulcro “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.” (Jn.1,5).

En la temporada pascual (desde el día de la Resurrección hasta la fiesta de la Ascensión del Señor) los creyentes suelen intercambiar el saludo “Cristo resucitó” “en verdad ha resucitado”. Es una expresión de nuestra alegría y de nuestra participación en la misma fe.

Los ornamentos de los sacerdotes y las cubiertas del altar son  blancos; así, también, algunos de los fieles suelen vestirse de blanco, símbolo de la iluminación que la Iglesia nos otorga por el bautizo que es participación en la muerte del Señor y en su Resurrección.

El Epitafio (el icono del sepulcro del Señor después del descenso de la Cruz, con el cual hicimos la procesión funeraria en el Viernes Santo) se coloca en el altar toda la temporada pascual, y sobre él, se celebra la Divina Liturgia, pues la vida, del sepulcro ha salido.

Toda la temporada pascual, en la iglesia y en la casa, leemos el Libro “Los Hechos de los Apóstoles.” Pues, al leerlo nos introducimos en las alegres atmósferas pascuales que dominaban en la primera Iglesia donde los Apóstoles, con mucho valor y confianza, predicaban la muerte del Señor y su Resurrección al tercer día.