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23 de junio de 2002

 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

 

 

Oh  Espíritu Divino, todo Santidad, que procedes del Padre, y eres enviado por el Hijo sobre los ignorantes Discípulos,   salva   y   santifica   a   todos  los que te reconocen como Dios."

(Exapostolarion)

 

TROPARIOS

Tropario de Pentecostés (Tono 8)

¡Bendito eres Tú, oh Cristo Dios nuestro, que mostraste a los pescadores sapientísimos cuando enviaste sobre ellos el Espíritu Santo. Y por ellos el universo pescaste! ¡oh Amante de la humanidad, gloria a ti!

 Kondakion de Pentecostés (Tono 8)

      Cuando el Altísimo descendió en Babel, confundió las lenguas, dispersando a las gentes; mas cuando distribuyó las lenguas de fuego, llamó a todos a la unidad.  Por lo cual glorificamos con una sola voz al Santísimo Espíritu.

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN        

(7:37-52, 8:12)

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa  en  la  que  se  encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí  residían, venidos de todas la naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: "¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos,    medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene,   forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios."

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN        

(7:37-52, 8:12

El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva.  Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él.  Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado.

Muchos entre la gente, que le habían oído estas palabras, decían: “Este es verdaderamente el profeta.”  Otros decían: “Este es el Cristo.”  Pero otros replicaban: “¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo?  ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?”  Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de él.  Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano.

Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos.  Éstos les dijeron: “¿Por qué no le habéis traído?”   Respondieron los guardias: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre.”  Los fariseos les respondieron: “¿vosotros también os habéis dejado embaucar?  ¿Acaso ha creído en él algún magistrado o algún fariseo?  Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos.”  Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: “¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?”  Ellos le respondieron: “¿También tú eres de Galilea?  Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta.”

Jesús les habló otra vez diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.”

EL ICONO DE PENTECOSTÉS

La fiesta:

Para los hebreos el Pentecostés era una fiesta agrícola, la fiesta de la cosecha. Se le llamaba también la fiesta de las siete semanas. Poco antes de los tiempos de Cristo a la fiesta se le había dado otro sentido: se recordaba el evento en que Moisés bajó del monte Sinaí con las tablas de la ley, cincuenta días después de su Pascua. Este hecho es lo que da a la Fiesta el nombre de Pentecostés que en griego significa cincuenta.

Así, mientras los judíos festejaban su Pentecostés, los apóstoles reunidos esperando “la promesa del Altísimo” recibían la ley nueva: El Espíritu Santo, que es la ley de la Iglesia.

El icono:

He aquí a los discípulos reunidos en Jerusalén, como lo había mandado el Señor el día de su Ascensión: “que no se ausentaran de Jerusalén, sino aguardaran la promesa del Padre” (He.1:4).

 

Es La misma sala en la que comieron la pascua con el Señor. En el icono se ve como un edificio con ventanas que adorna la imagen, mas el evento no ocurre dentro, el lugar no lo contiene; la reunión de los apóstoles esta por encima del tiempo y del espacio.

Los apóstoles que están en el icono, en el grupo de la derecha, son: Pablo, Juan, Lucas, Andrés, Bartolomé y Felipe; y en el de la izquierda: Pedro, Mateo, Marcos, Santiago, Simón y Tomas. Esta lista y en este orden es la que vemos en los iconostasios de todas las iglesias. Notemos que hay tres apóstoles que no se encuentran en el grupo de los Doce: los santos Pablo, Lucas y Marcos, mas la importancia de sus obras en la Iglesia hizo necesario que se contaran entre los apóstoles, pues el iconógrafo, como un teólogo,  expresa el significado de “Apóstol” en un sentido mas amplio superando la restricción literal del concepto. Pablo es el apóstol de los naciones y Marcos y Lucas son dos de los Evangelistas fundamentales en la difusión y conservación de la fe.

 En el icono las lenguas de fuego, brotando de la misma fuente, representan al Espíritu Santo que viene sobre cada apóstol personalmente, otorgándole los diferentes talentos o dones en la unidad de la Iglesia.  

¿Quién es el hombre que está abajo en el icono? Este coronado rey representa a las naciones, al universo que espera el Don del Espíritu Santo. Está encarcelado en una oscura cueva, pues, todavía no ha sido iluminado con la Luz de Cristo. Es un viejo cansado que lleva sobre sí el pecado del hombre caído. Es rehén del jefe de este mundo, satanás. El iconógrafo lo representa humilde y tranquilo, cargando una tela con doce manuscritos que simbolizan las voces de los apóstoles.

En pocas palabras, el icono nos presenta dos planos: uno, la nueva tierra, el universo divinizado y ardiente por el divino fuego; y, otro, el de rey encarcelado en su oscuridad, adornado con las joyas de este mundo pero esperando la Luz de arriba anhela la lluvia que viene del cielo como lenguas de fuego y que inunda con sus abundantes gracias.

AROMA DEL JARDÍN DE LOS MONJES

En una pequeña celda de un monasterio en el desierto de Egipto, vivía un viejo monje en compañía de otro hermano. Este último era un fiel servidor del anciano y le asistía con gran alegría en la limpieza, la comida, el orden y el cuidado de la celda. Dios, viendo sus obras de amor, le mando un ángel para bendecirle. Al ver al enviado divino, le dijo: “yo no soy digno de recibir esta gracia, pero si Dios te mandó con su bendición, mejor bendice a mi hermano monje, y con ello yo seré bendecido.”  El ángel, viendo el gran amor por su prójimo, le respondió: “La ley ordena que ames a tu hermano como a ti mismo, tú la cumples con creces, por eso, el Omnipotente será, por si mismo, quien te bendiga.” Y se oyó una voz desde el cielo diciendo: “que seas bendito.”

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