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11 de agosto de 2002

 

 EL DOMINGO DESPUÉS DE

 LA DEVINA TRANSFIGURACIÓN

 

 

“Oh Verbo Luz inmutable, Luz del Padre sin nacimiento: Con tu luz, que apareció hoy en el Monte Tabor, hemos visto al Padre-Luz y al Espíritu-Luz que iluminan toda la creación. 

(Exapostolarion)

 

TROPARIOS

Tropario de resurrección (Tono 6)

Los Poderes Celestiales aparecieron sobre Tu venerable sepulcro y los guardias quedaron como muertos, y se plantó María en el sepulcro, buscando Tu Purísimo Cuerpo; sometiste al infierno sin ser tentado por él y encontraste a la Virgen dando la vida. ¡Oh Resucitado de los muertos, Señor, gloria a Ti!

Tropario de la Transfiguración (Tono 7)

Te transfiguraste en el Monte, oh Cristo Dios, revelando a los discípulos Tu Gloria según pudieran soportarla. ¡Que Tu eterna Luz resplandezca sobre nosotros, pecadores! Por la intercesión de la Madre de Dios, oh Dador de Luz, ¡gloria a Ti!

Kondakion de la Transfiguración (Tono 7)

Te transfiguraste en el monte, oh Cristo nuestro Dios, y Tus discípulos contemplaron Tu Gloria según pudieran soportarla; para que, cuando Te vieran crucificado, entendieran que Tu pasión fue voluntaria y pudieran proclamar al mundo que Tú eres verdaderamente el Resplandor del Padre.

EPÍSTOLA DEL APÓSTOL PABLO A LOS ROMANOS

(15:1-7)

Hermanos:  Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado. Que cada uno de nosotros trate  de agradar a su prójimo para el bien, buscando su  edificación; pues tampoco Cristo buscó su propio  agrado, antes  bien, como dice la Escritura: Los  ultrajes de los que te ultrajaron cayeron  sobre mí. En efecto,  todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Y el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos,  según  Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al  Dios y Padre  de  nuestro Señor Jesucristo.

Por tanto, acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios.

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN

(9:27-35)

En aquel tiempo:  Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!”  Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: “¿Creéis que puedo hacer eso?”  Dícenle: “Sí, Señor.”  Entonces les tocó los ojos diciendo: “Hágase en vosotros según vuestra fe.”  Y se abrieron sus ojos.  Jesús les ordenó severamente: “¡Mirad que nadie lo sepa!”  Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.

Salían ellos todavía, cuando le presentaron un mudo endemoniado.  Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo.  Y la gente admirada, decía: “Jamás se vio cosa igual en Israel.”  Pero los fariseos decían. “Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios.”

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

LA MISERICORDIA DE DIOS

“Le siguieron dos ciegos gritando: ¡Ten piedad de nosotros, hijo de David!”

El grito es una reacción natural de necesidad, de incapacidad y de dolor. Más fuerte es aún la expresión “ten piedad”, que en la tradición cristiana tiene un lugar muy importante lo que nos lleva a repetirla constantemente durante los servicios litúrgicos: 40, 12, o 3 veces. No es, sin embargo, una repetición hueca, es mas un tocar insistente, un esperar confiado y entregar sin reservas nuestras vidas y aflicciones en las manos de Dios.

Sería propio recordar la gran fuerza que esta expresión tiene  en la lengua árabe: “irjam”, cuya raíz viene de “rájem” que significa “entrañas”. En este sentido “piedad” es lo que da la madre al embrión de vida. Es por esta acción, por la cual el embrión vive. Esto nos ayuda a entender mejor la expresión “ten piedad”, no como una cualidad que le pedimos a Dios que tenga, sino como un acto de vida. Es decir, no es que pidamos que Dios tenga, solo compasión por nuestras miserias, sino que actúe en nosotros y nos revivifique, santificando, iluminando y divinizando nuestra vida. Ésta es la esencia del grito.

El gritar viene del dolor, mas quienes no sienten dolor alguno, no necesariamente están sanos, pues el anestésico sólo hace olvidar el dolor pero no cura la enfermedad. El libro de los Salmos está lleno de este grito: “ten piedad de mí”, y nos enseña que lo que hace al rey David santo, no es el estar libre de pecados (ya que él prostituyó y mató), sino el hecho de ver delante de si mismo sus transgresiones y poder exclamar con fuerza: “ten piedad de mí según tu gran misericordia.”

El gran pecado es que con mucha frecuencia olvidamos nuestros pecados y anestesiamos nuestra pasiones para olvidarlas.

Quizás, fuera mejor, en todo caso, que caigamos delante de Dios, que no postremos ante Él pidiéndole misericordia, para que, actuando en nosotros por el arrepentimiento, nosotros, a la vez, actuemos frente a los demás  con la conveniente misericordia.

LA DIVINA TRANSFIGURACIÓN

(San Juan Damasceno)        

Se transfiguró delante de los discípulos Aquel que es glorificado siempre del mismo modo y resplandece con la radiante luz de la divinidad.

Engendrado por el Padre desde la eternidad, posee por naturaleza el resplandor eterno propio de Dios, sin que haya comenzado a existir en el tiempo, ni haya conseguido la gloria con posterioridad.

Aunque procede del Padre (por generación) no tiene principio ni ha comenzado en el tiempo, puesto que posee como propios los resplandores de la gloria y, al encarnarse, permanece en su identidad, y conserva el fulgor de la divinidad.

La carne también es glorificada ya desde el momento en que pasa del no ser al ser, y la gloria de la divinidad viene a ser también gloria del cuerpo. Cristo, en efecto, es uno, aunque tiene dos naturalezas: es consustancial al Padre y está unido a nosotros por naturaleza y por parentesco.

El cuerpo santo del Señor nunca estuvo privado de la Gloria divina, sino que, desde el comienzo de la unión hipostática, quedó plenamente enriquecido con la gloria de la invisible divinidad, ya que una e idéntica es la gloria del Verbo y de la carne, si bien esa gloria invisible que existía en un cuerpo visible, no podía ser vista por aquellos que estaban bajo las ataduras de la carne, e incluso los ángeles eran incapaces de contemplarla.

Cristo, al transfigurarse, no asume aquello que Él no era, ni se transforma en algo distinto de lo que era, sino que se manifiesta a sus discípulos tal como era abriéndoles los ojos y convirtiéndoles de ciegos en videntes. Esto es lo que significan las palabras “se transfiguró delante de ellos”, pues, permaneciendo en su única identidad, además de manifestarse tal como era anteriormente, se muestra ante los ojos de los discípulos de un modo diverso de cómo antes le veían.